miércoles, 16 de diciembre de 2009

MEMORIAS DEL EMIGRANTE

¡Conversación en un carro público!


¿Has contemplado una tarde de febrero... de esas en que las seis y media de la tarde no difieren en nada de las ocho de la noche?


Esa era la tarde... una del año de 1984... Una tarde que al moverse, parecía arrasar implacablemente con la luz solar, hasta hacerla desaparecer y pintar el entorno de color oscuro, o de un color gris pálido, que al ser bañado el entorno por una ligera llovizna, le daba un aspecto lúgubre... y triste.
Esa era mi percepción... y puedo hablar de aquella tarde invernal no deseada, porque la sentí muy de cerca. Y muy de cerca me arropaba ella en su melancolía. Y entonces me quitaba las fuerzas... las fuerzas que se necesitaban para sobrevivir.
Y aquella tarde, contemplada dentro de un carro del transporte público, tenía un marco sónico. Era el sonido de personas que animadamente conversaban entre sí... el sonido de sus risotadas que viajaban a mi mente a la velocidad de una explosión nuclear... no me pude contagiar con su felicidad... y al contrario me molestaban sus murmullos galléricos, porque yo mismo no podía reir... mucho menos participar de aquella tertulia.
Hablaban muy alto y el carro estaba lleno de pasajeros que se convirtieron en compañeros de tertulia. Pero el tema era muy desconocido para mí. Solo escuchaba las palabras pero no entendía nada. Estaba absorto en mi submundo... y con la mirada y la mente hacia el exterior del automóvil, no paraba de contemplar aquella tarde horrible y grisácea que se hacía mi cómplice, como si ella también estuviera afectada por una inoportuna tristeza.
Y allí, dentro de aquellos tertulianos animados y felices, estaba yo ensimismado profundamente, casi inerte. Mis pensamientos volaban más rápidos que la imaginación misma... y sentía que era el viaje más largo del mundo, a pesar de que me dirigía a Gazcue.
En solo segundos la vida me había cambiado y entonces planeaba estrategias presentes y futuras. Estrategias que se disluían en fracciones de segundos, porque eran débiles, porque no tenían razón de ser, porque eran vanas, como un viento que pasaba de prisa.
Mi mutismo total llamó la atención de una señora que era parte activa de su animada conversación. Y por dos veces inquirió de mí, porque mi encerramiento era notorio, porque mi mutismo se debía a una razón muy poderosa.
Por fín le expliqué brevemente lo que me pasaba, y entonces aquella risa que parecía incontrolable, se tornó en un silencio general. Es como si se dieron cuenta que la tarde estaba gris y triste. Y ellos se sumaron a aquel ambiente de desolación, y se solidarizaron con mi dolor.

Y estudiaban medidas de lo que debía hacer en esas circunstancias. Algunos habían tenido mi experiencia y podían hablar con libertad, con seguridad, sobre el tema.
Y fueron muy solidarios. La tertulia dentro del carro había llegado a su fin. Y entonces todos enmudecieron. El chofer de carro público hainero que iba por el Malecón hacia el Parque Independencia, rompió la regla y subió por la Máximo Gómez y dobló por la Avenida Independencia, donde queda la Clínica Gómez Patiño.
Allí tenía Yo una cita con la desesperación, con la impotencia, con la cruda realidad.
La hora cero había llegado. Mi plena juventud puesta a prueba. Allí tenía un enfrentamiento con la incertidumbre, con las dudas. Allí me esperaba el cadáver de mi Padre.
Feliciano Liranzo.
hondovallesur@hotmail.com

*Fotografía: Hova Imagen.

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